martes, 17 de marzo de 2015

Amigos para siempre

El toro era de una ganadería de prestigio y, por tanto, estaba obligado a embestir al menor movimiento del capote, muleta o berrido del implacable picador. Manolito de Triana, cuando salió al ruedo de la Maestranza sevillana, pensó en huir saltándose a la torera el prestigio del padre del hijo del ganadero que también se había tenido que vestir de luces para dar gusto al progenitor. Salió el joven a escasos metros del burladero, movió el pico del engaño pero el toro, mirándole a los ojos, le hizo un guiño. 

Los recuerdos de cinco años atrás, cuando aquella vaca brava parió y el niño del ganadero besó al recién nacido, se agolparon en ambas entendederas. Él avanzó de rodillas, las mujeres gritaron de terror ante la inminente tragedia; a un palmo de los dos inmensos pitones, de rodillas, tir
ó el capote y besó de nuevo el rostro del animal. Salieron los cabestros y se los llevaron a los dos. Fueron atronadoramente abroncados por el respetable pero, desde entonces, viven felices: uno cultivando un huertecito cercano a la ganadería, otro tirándose de incognito a las vacas bravas del papá de su ex amigo y protector.

Vicente Toti

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