martes, 5 de diciembre de 2006

¿Cómo nos percatamos de que estamos sufriendo violencia?

Un día, cuando vine al mundo, descubrí sólo con la luz que llegaba a mis ojos lo maravilloso que era nacer, crecer y… vivir. Conforme pasaba el tiempo me gustaba descubrir el día a día y me sentía afortunada por mi condición de ser una mujer. Era difícil contemplar el tiempo con pasividad, sólo necesitaba crecer, como persona, crecer con inquietudes, con aspiraciones y… sobre todo con conseguir una familia. ¡Qué felicidad el poder sentir la naturaleza en mis entrañas y descubrir en los ojos de mis hijos la inquietud y el placer de ser madre! Porque ante todo, todas las mujeres somos madres o hijas o esposas y siempre todos estos años atrás así es como nos ha visto el resto de la sociedad, incluso nosotras mismas. Necesitamos un poco de reconocimiento social o nos catalogan de “marías, mamás, criadas”, o… como un objeto que se puede utilizar en propiedad y con limitaciones porque siempre pertenecemos a alguien, a nuestros padres, hijos o esposos… hemos sido las otras, la parte inexistente de la sociedad, el fiel reflejo de la guarda y custodia de lo privado, de lo que por naturaleza siempre nos había correspondido: el cuidado de la casa y de los hijos, un trabajo no reconocido públicamente, no remunerado y, lo peor el más desagradecido porque no hay horarios, y porque socialmente siempre hemos ido tolerando ese destino. Creo que es importante hablar del papel que nos asigna la sociedad y, como antes dije, nosotras mismas porque a raíz de esa creencia surge la violencia doméstica. La mujer debe de cumplir un papel que por naturaleza le corresponde y, aunque actualmente y poco a poco nos vamos desvinculando de las viejas creencias y nos estamos abriendo nuevas perspectivas en cuanto a las salidas del ámbito doméstico todavía nos queda mucho por recorrer hasta alcanzar una plena igualdad de derechos, tanto sociales, como laborales y políticos o simplemente, sin tener que salir del ámbito doméstico, es en lo que se considera nuestro propio hogar donde más directamente sufrimos la desigualdad, la falta de reconocimiento como personas y la falta de respeto. Para hablar de violencia no es necesario hablar de agresiones físicas o de palizas, hay veces y, en la mayoría de los casos es lo más frecuente, que no es necesario “recibir una bofetada o una humillación en público” para sufrir violencia. Hay veces que la actitud irónica hacia una mujer, la humillación (sea en público o en privado) es más dañina que una gran paliza. ¿Cómo nos percatamos de que estamos sufriendo violencia? Lo peor de esta pregunta es que ni siquiera nos percatamos, lo aceptamos porque es lo que tenemos y es muy difícil dar el paso y acabar con todo lo que te une a una persona para empezar una nueva vida. Sabes que lo que tienes no te gusta, pero tienes una seguridad, te parece que la tienes y lo único con lo que cuentas es con una estabilidad económica que te proporciona comodidad de vida, pero esa” seguridad/comodidad” es una seguridad mala: la dependencia de tu agresor que se convierte en una adicción, es una droga que poco a poco tienes que ir echando fuera, lo que no sabes es cómo. Ante una bofetada, reaccionas, y es preferible porque es evidente que a nadie le gusta que le agredan y menos si quien lo hace es tu pareja, pero esa reacción en el mal trato psicológico es más lenta, menos aceptable, casi increíble, pueden pasar las horas, los días, los meses o incluso años que ese maltrato se convierte en una dependencia muy difícil de eliminar, y, lo peor de todo es muy difícil de aceptar. Es muy difícil aceptar que tu relación de pareja ha fracasado y la víctima carga con toda la culpa(“mi matrimonio ha ido mal porque yo no he sabido valorar lo que he tenido o quizás no he sabido comprender, o quizás debería de haber soportado más, … no tendré paciencia, no seré tolerante, no soy nada, porque lo que me movía estos años atrás se me derrumba y no soy capaz de levantarlo, y al no poder levantarlo con él tampoco yo sola voy a poder salir adelante porque yo, como persona, no soy nada y lo que tengo, que son mis hijos quizás necesiten otra madre distinta que sea capaz de ser persona y que sea capaz de levantarse todos los días, más segura, y más alegre. Que no rompa nuestra familia, que siga con papá aunque discutan o no se comprendan, porque lo que somos nosotros los necesitamos a los dos…”y es así como el maltrato acaba en los pensamientos de una mujer que decide romper una vida entera para empezar otra, que no sabe ni dónde, ni cuándo, ni cómo, porque su actitud al tiempo de dar el paso es pasiva, no valora nada más que sus hijos, ni siquiera su persona, porque no se quiere a sí misma, se culpa de todo y no ve otra cosa que lo que ha tenido años atrás, la seguridad mala que tenía que la estaba anulando como madre, como amiga, como hija, como hermana y, sobre todo como persona. Nos podemos preguntar una y mil veces el porqué una mujer sufre en silencio esa tortura y el porqué aguanta hasta el hastío esa forma de vida, y las respuestas pueden ser diversas porque cada una lo vive de manera distinta. Yo podría decir que quizás lo haga por miedo a afrontar la vida sola y con cargas familiares, por creer que no va a tener fuerzas suficientes como para hacer todo lo que le venga de incierto un día tras otro; al menos junto a su pareja está sosteniendo su familia, su baja autoestima, su falta de autonomía y lo peor de todo no desarrolla su personalidad “, esto es lo que tengo y es lo que debo tener”. La mujer que sufre el maltrato de la categoría que sea, físico o psíquico, vive en silencio su propia desdicha y su actitud ante la vida es pesimista, se siente fracasada, poca cosa, sin valía… un día tras otro va buscando recursos que cree que pueden salvar su matrimonio y su familia, incluso cuando recibe una bofetada o un insulto, se siente merecedora de tales actos y siempre dentro de sí misma y de cara a los demás justifica a su agresor, a él lo exculpa de todo y es ella quien se siente culpable; una mujer maltratada no se respeta a sí misma porque siente que no es nadie, se ve que no es nada, se siente muy sola porque no quiere que se sepa lo que le está ocurriendo y no quiere que su relación de pareja se rompa, ni su familia, cree que callando los demás verán que su vida es normal aunque ella en su propio interior sepa que no lo es ; algunas no reaccionan nunca, otras reaccionan tarde, otras cuando reaccionan vuelven a retomar la relación porque temen la adversidad y otras (ojalá algún día pudiéramos decir “la mayoría”) consiguen desvincularse y hacer su vida pese a todo lo que les venga de negativo. Cuando esto último ocurre, la mujer sale fortalecida, se encuentra a sí misma y ella misma se asombra de la cantidad de cosas que puede conseguir por sus propios medios y de las ventajas que le aporta el haber tomado la decisión de hacer su vida con derechos y deberes que antes tenía negados y con aptitudes que antes tenía anuladas. Sólo decir que un día como hoy puede nacer un nuevo derecho que sería el derecho a conocer todos los caminos para saber vivir y que, aunque esto parezca un “clamor feminista”, creo que ese derecho lo tendremos las mujeres, en la escuela, en el hogar, en la calle y en todos los ámbitos sociales en los que actualmente nos está vedada la participación activa, porque es indiscutible que las mujeres estamos capacitadas para todo lo que nos propongamos hacer, sólo necesitamos que se nos respete, se nos valore, y que se nos deje hacer. Hoy , 25 de noviembre, volvemos a decir “no a la violencia de género”, “no a los malos tratos”, y a invocar una vez más a la sensibilización de la sociedad para erradicar esta lacra que lamentablemente hoy por hoy no deja de ser una cuestión de todas y de todos.……. …………. ………….. Discurso pronunciado la pasada semana, en el acto que organizó Ilusión y Realidades por la igualdad de género.
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Consoli García Ibáñez (Diplomada en Derecho)