viernes, 3 de marzo de 2017

"En aquel frontal del palio tan querido, sentí angustias y desvelos, sentí mil aromas imposibles y tuve consuelo y desconsuelos...."


Cuando en el calendario religioso se asoma la Cuaresma, se presiente sobre el alma, un tintineo de sentires ancestrales sobre  aromas de olores penetrantes, un eco de suspiros aún callados que buscan huecos en el aire y se abren el clavel y la azucena  y trasmina desbordada la impaciencia y la mirada se pierde entre recuerdos, que conservan vivas las vivencias.

Muchos zalameños tenemos el gozoso privilegio de disfrutar nuestra Semana Santa con ese aroma especial que nos infundieron padres, madres y abuelos y con ese especial y ancestral aroma, vivimos y hemos vivido, cada estación de penitencia.
Nuestra Semana Santa es un legado de siglos y como tal, atesora soleras que el pasar del tiempo agranda, con sus matices, con sus vaivenes, con sus innovaciones que sin alterar la esencia, son la consecuencia lógica de una realidad que está viva y además de viva, vive con sana inquietud.
He tenido la dicha de gozar intensamente la Semana Santa, y la he vivido desde la niñez más tierna, hasta la sólida madurez donde el sentimiento se hace poso.

En ese largo caminar por esta entrañable tradición zalameña, dejé mi granito de arena porque fui penitente de vela cuando mi corta edad no me permitía soportar el peso del cirio, y después llevé el cirio que además de luz, deja en la brisa el inconfundible olor de la cera derretida y cuando fui adolescente, porté el estandarte, el farol y la cruz, que guía y abre la estación de penitencia.
Y una madrugada que nunca se olvida, recibí nervioso, el martillo de capataz del paso palio, y en el frontal de ése paso, gocé mirando de cerca a la Señora y mi voz rompiendo los silencios, se hizo oración, poema y rezo.

En aquel frontal del palio tan querido, sentí angustias y desvelos, sentí mil aromas imposibles y tuve consuelo y desconsuelos.
En aquel frontal del palio que ahora sueño, mi alma vibró de sentimientos, sentimientos que subieron del varal a las perillas, hasta perderse temblorosos en el cielo.
Hoy cuando doy por concluidas algunas etapas y facetas de mi vida, miro con especial e inmenso cariño a nuestra Semana Santa, manantial inagotable de sentimientos y  de la que fui su primer pregonero en el año mil novecientos noventa y dos y en aquel pregón, que tal vez la brisa guarde, vestí a nuestra querida torre de penitente para hacer con ella y entre sentidos versos, emotiva estación de penitencia.

En este recapitular de lo vivido, sólo puedo concluir diciendo: Gracias, Gracias por haber nacido zalameño, Gracias por haber gozado de sus adoradas tradiciones y Gracias, por haber sentido el Sentimiento.  

Francisco Javier Martín-Consuegra Zorrero (Marzo de 2017).

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