Ante un público expectante, José Luis Diéguez arrancó por la soleá, centro del arte jondo, rectora de la estética flamenca, matriz de variados estilos. Eran las primeras pinceladas de un espectáculo que dejó huella, que será recordado durante largo tiempo por la extensa afición minera que se concentra en torno a la renacida Peña Flamenca Candil Minero de El Campillo. El tono festero arribó con las alegrías gaditanas, con un carrusel de temas de este palo integrado en el grupo de las cantiñas. Con ellas se marchaba del escenario el protagonista de la velada, para dar paso a un segundo acto, a una voz forjada en el corazón de la tierra, en las entrañas de la Cuenca Minera, a una garganta que no se apaga, la de Francisco Cumplido. Con tangos y fandangos naturales, colosal.Volvía a escena la perla salvocheana. Esta vez, por granaínas y medias granaínas, por tientos y tangos, por bulerías... Todo, con la precisión milimétrica que caracteriza el cante de este joven en el que germina el flamenco, el genio, desde lo más hondo de sus raíces, de su árbol genealógico, porque lo lleva en el ADN. Una realidad que volvió a quedar patente con el último acto, con la ronda por los aires, por los fandangos, de Huelva con la que deleitó, junto al resto de artistas participantes, junto a Francisco Cumplido, Juan Antonio Marín El Patita, José Manuel Rodríguez y Leticia de Fernanda, a un público entregado, absorto ante la magnanimidad del arte que se desplegaba sobre las tablas del Teatro Atalaya, del duende que todos compartían y entre el que José Luis Diéguez Conde sobresalía.